Construir el CISAV
CISAV
Centro de Investigación Social Avanzada
Hacia 1990 algunos amigos nos comenzamos a reunir en casa de Pablo Castellanos y soñábamos con construir en Puebla una comunidad de investigación y docencia en la que realmente pudiera amarse la verdad desinteresadamente. Nueve años después continuamos este esfuerzo tratando de evaluar con más claridad qué deseábamos y qué requeríamos para lograr lo que parecía un gran sueño. Escribimos nuestras primeras definiciones: una comunidad pequeña, altamente calificada, inspirada el humanismo cristiano, capaz de aproximarse a la realidad con una metodología interdisciplinar, con una estructura simple y fácilmente modificable. Pero no fue sino hasta 2006-2007, gracias al impulso de Mons. Mario de Gasperín (actualmente obispo emérito de Querétaro), de Mons. Carlos Aguiar (Arzobispo de Tlalnepantla) y de algunos otros obispos, académicos y empresarios que logramos encontrar no sólo un anhelo compartido teóricamente sino un conjunto de personas orientadas a vivir un nuevo empeño vocacional. Así nació el CISAV en la Ciudad de Querétaro, México, el 1 de enero de 2008.
Una institución como el CISAV ha sido primero un afecto, es decir, un deseo nacido en el interior, en el mundo íntimo de lo que se ama. El CISAV no ha sido concebido como idea abstracta, como un cierto “razonamiento estratégico” sino principalmente como una propuesta valiosa, es decir, como una realidad con una importancia intrínseca que suscita la movilización del corazón.
Desde este punto de vista el CISAV antes que ser un determinado “proyecto”, un cierto “esfuerzo planeado” o una “organización” con tales y cuales funciones, pretende ser la expresión comunitaria de una adhesión afectiva.
El afecto que define principalmente al CISAV es el amor a la verdad. Sostener esto fácilmente puede parecer un lugar común. Sin embargo, a pesar de su sencillez, quiere indicar un fundamento, una dirección y un criterio práctico preciso que nos permita juzgar la realidad permanentemente.
Amar la verdad es fundamento del CISAV: no basta que busquemos la verdad de modo puramente formal. Es necesario adherirnos a la verdad con el corazón, con verdadera apertura existencial, disponibilidad, acogida y seguimiento. Sólo así podremos ir comprendiéndola lentamente. Esto se debe traducir de múltiples maneras. Una de ellas, consiste en que el CISAV debe aspirar a crear las condiciones comunitarias necesarias para que la vida toda de cada persona que participe en la institución sea desafiada y provocada por la verdad. Estas condiciones, más que responder a un conjunto de reglas y planes, deben surgir de un clima humano que privilegie la caridad en la verdad como norma y experiencia.
La verdad es para nosotros un acontecimiento, es decir, una irrupción. La realidad acontece anunciándose y como reclamando ser apreciada en la totalidad de sus factores. Más allá de las disputas académicas que en torno a la verdad puedan suscitarse, estamos convencidos que es ella, la verdad, la inteligibilidad intrínseca del mundo, la que nos invita a emprender un camino de maduración humana en la que más que acogerla somos nosotros los que somos acogidos por ella.
De este modo, la tarea del CISAV no es domesticar, administrar o hacer confortable la verdad. Nuestra labor central es servirla, amarla e intentar comprenderla con rigor, siempre conscientes de la desproporción entre nuestra razón limitada y el horizonte infinito que la verdad nos ofrece. Siempre conscientes que la verdad no sólo es parámetro para la razón sino para la vida entera.
El rigor racional, el amor a la ciencia y a la cultura en sus sentidos más arquetípicos, deben formar parte de la pedagogía continua al interior de nuestra comunidad. Este rigor, sin embargo, no debe ser fruto solamente de la aplicación escrupulosa de tal o cual metodología científica sino del amor a la verdad y a las personas.
Amar la verdad es la única vía para conocerla realmente. Agustín de Hipona nos recuerda agudamente que “ningún bien se conoce perfectamente si no se ama perfectamente” (De diversis quaestionibus, 35, 2). El amor logra una unidad entre lo amado y el amante superior a la unidad que la pura inteligencia logra al intentar develar el contenido de la realidad. Por ello, es el amor la fuerza que impulsa a que la razón avance en su misión de comprender.
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